La Boda Roja

El repique de las campanas de la catedral de San Judas no sonaba a celebración; sonaba a sentencia. Para Bella, cada tañido era un clavo más en su ataúd de seda blanca. El cielo de la ciudad estaba encapotado, de un gris plomizo que amenazaba con una tormenta que el aire ya vaticinaba con un olor a ozono y pólvora distante.

Dentro de la iglesia, el lujo era obsceno. Rosas blancas importadas de Holanda

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