Sangre en el Vestido

El olor a cera de abejas y polvo antiguo en la biblioteca de la mansión Moretti siempre había sido reconfortante para Bella. Pero esta noche, el aire pesaba como el plomo. Mientras los gritos de la fiesta de compromiso de su prima resonaban débilmente desde el salón principal, Bella deslizaba los dedos por el falso fondo del escritorio de Dante, su propio padre.

Sus dedos tropezaron con una carpeta de cuero desgastado. Al abrirla, el mundo pareció detenerse.

No eran solo registros de apuestas o rutas de contrabando. Eran fotos. Pruebas forenses de hace diez años. El "accidente" que había matado a los padres de Luca no fue un error mecánico ni un golpe de una banda rival. Había una orden firmada, un sello que Bella reconocería en cualquier lugar: el anillo de sigilo de los Moretti.

—No puede ser —susurró, sintiendo que la bilis subía por su garganta.

Luca no era el monstruo que buscaba venganza por capricho; Luca era la víctima de una purga orquestada por el hombre que ella llamaba "papá". La prueba de lealtad que Dante le había exigido a Luca esa semana —asesinar a un soplón que resultaba ser el último testigo vivo de la masacre— era una trampa para silenciarlo para siempre.

Bella guardó los documentos en su bolso, con las manos temblando tanto que casi deja caer la carpeta. Tenía que llegar a Luca. Tenía que advertirle que la cena de esta noche no era una tregua, sino un matadero.

Se dio la vuelta para correr hacia la puerta, pero la sombra ya estaba allí.

Dante Moretti bloqueaba la salida, balanceando un vaso de cristal con whisky ámbar. Su mirada no era la de un padre preocupado, sino la de un depredador que acaba de encontrar a una rata en su despensa.

—Las niñas curiosas suelen terminar con el vestido manchado, Bella —dijo con una voz gélida.

—Mataste a su familia —escupió ella, retrocediendo hasta que sus muslos chocaron contra el escritorio—. Lo usaste, lo humillaste y ahora quieres terminar el trabajo.

Dante soltó una risa seca y dio un paso hacia ella. El miedo de Bella se transformó en pura adrenalina. Intentó esquivarlo, pero Dante fue más rápido. Su mano se cerró alrededor del brazo de Bella con una fuerza que prometía moretones.

—Luca es un cabo suelto. Y tú... tú eres una moneda de cambio que está perdiendo su valor —Dante levantó la mano, el brillo de su anillo de oro reluciendo antes de impactar contra la mejilla de Bella.

El golpe la mandó al suelo. El sabor metálico de la sangre inundó su boca, manchando la seda blanca de su vestido de diseñador. Dante se desabrochó el cinturón, con una furia desatada que Bella nunca había visto.

—Te enseñaré lo que pasa cuando traicionas a tu sangre.

Pero antes de que el primer golpe pudiera caer, la pesada puerta de roble de la biblioteca saltó de sus bisagras con un estruendo ensordecedor.

El marco de la puerta quedó vacío por un segundo antes de que Luca volcara la habitación con su sola presencia. No era el Luca sofisticado que Bella conocía; era el demonio de la Mafia que las leyendas urbanas describían. Tenía una Beretta en cada mano y los ojos inyectados en odio.

Dante intentó usar a Bella como escudo, tirando de su cabello, pero Luca fue más rápido. Disparó una sola bala que impactó en el hombro de Dante, obligándolo a soltarla.

—Aléjate de ella —rugió Luca. Su voz no era humana; era un trueno—. Tócala una vez más, Dante, y te haré rogar por la muerte antes de que tu corazón deje de latir.

—¡Es mi hija! —gritó Dante, presionando su herida.

—Ya no —sentenció Luca. Se acercó a Bella, recogiéndola del suelo con una ternura aterradora en medio del caos. Sus ojos recorrieron el rostro de ella, deteniéndose en la sangre de su labio—. Lo siento, piccola. No debí dejarte sola en este nido de serpientes.

El escape no fue una salida, fue una ejecución de precisión. Luca sacó a Bella por el pasillo de servicio mientras los guardias de Dante empezaban a converger. El sonido de los disparos rebotaba en las paredes de mármol.

—¡Al coche! —ordenó Luca, empujándola dentro de su Maserati negro mientras él respondía al fuego por encima del techo del vehículo.

El motor rugió como una bestia despertada. Luca quemó llanta, saliendo de la propiedad de los Moretti justo cuando una hilera de camionetas negras salía tras ellos.

La persecución fue un borrón de luces de neón y ráfagas de ametralladora. Bella se encogió en el asiento del pasajero mientras Luca conducía a más de 180 km/h por las estrechas carreteras de la costa, manteniendo el volante con una mano y disparando por la ventana con la otra.

—¡Luca, vienen más por la derecha! —gritó Bella, viendo los faros acercarse por una vía lateral.

—Sujétate —fue lo único que dijo él.

Luca hizo un giro de 180 grados, el coche derrapando al borde del acantilado, y aceleró en sentido contrario, embistiendo a una de las camionetas y enviándola directo contra el guardarraíl. Por un momento, Bella pensó que lo habían logrado. El territorio de los Moretti quedaba atrás. Estaban a kilómetros de la ciudad, en una zona boscosa y oscura.

—Estamos fuera —susurró ella, buscando la mano de Luca.

Él se la apretó, con los nudillos blancos. —Te llevaré a un lugar seguro, Bella. Te lo prome...

¡BOOM!

Un impacto masivo sacudió la parte trasera del Maserati. No fue una bala, fue un SUV blindado que los había estado esperando en las sombras de los árboles. El coche de Luca perdió el control. El mundo se volvió un torbellino de metal retorcido, cristales rotos y el olor a gasolina.

El Maserati dio dos vueltas de campana antes de quedar llantas arriba en una zanja profunda.

El silencio que siguió fue más aterrador que los disparos. Bella sentía un líquido caliente corriendo por su frente. El cinturón de seguridad la mantenía suspendida, oprimiéndole los pulmones. A su lado, Luca estaba inconsciente, con la cabeza apoyada en el airbag desplegado y sangre cubriendo su camisa blanca.

—¿Luca? —intentó decir ella, pero su voz era apenas un soplido.

Fuera, el crujido de las botas sobre la grava seca se hacía más fuerte. Varias sombras se proyectaron sobre el cristal roto de la ventana.

—Sáquenla a ella —dijo una voz ruda desde el exterior—. Y al chico... asegúrense de que no salga de ese coche antes de que le prendamos fuego.

Bella estiró la mano, rozando los dedos de Luca con desesperación mientras las puertas del vehículo empezaban a ser forzadas desde fuera. Estaban atrapados, heridos y el enemigo no venía a negociar.

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