La Jaula de Oro

La mansión Valverde olía a jazmín marchito y a mentiras viejas.

Bella entró por la puerta principal a las siete cincuenta y ocho de la noche siguiente, con el rifle envuelto en una manta debajo del brazo como si fuera un regalo de cumpleaños retrasado. Los guardias de su padre la miraron de reojo, pero nadie se atrevió a registrarla. Sabían que Anselmo la había convocado. Sabían que negarle la entrada sería peor que dejarla pasar armada.

El salón principal estaba iluminado con candelabros de cristal que parecían gotas de sangre congeladas. Mesa larga de caoba, vajilla de porcelana china, copas de cristal tallado. Y en el centro, su padre sentado a la cabecera como un rey que ya había ganado la guerra antes de que empezara.

A su derecha, Javier Salazar. Treinta y cinco años, traje gris perla, sonrisa de político que ha practicado frente al espejo. El hijo del viejo Salazar, el que controlaba los puertos del Pacífico y las rutas de cocaína que llegaban desde Colombia. El hombre que Anselmo había elegido para sellar una alianza que valía más que la sangre de su propia hija.

A la izquierda de Anselmo, un desconocido.

Alto, cabello castaño oscuro peinado hacia atrás con precisión quirúrgica, ojos verdes que parecían vidrio roto bajo la luz. Traje negro impecable, reloj de acero que costaba más que un auto promedio. Dante Rivas. No era de los Salazar. Era de los Rivas, una familia que había emergido de la nada en los últimos cinco años y que ahora tenía suficiente poder para sentarse a la mesa de los Valverde sin pedir permiso.

Bella se detuvo en el umbral.

Anselmo levantó la vista.

—Llegas puntual —dijo, como si eso fuera una virtud que ella acababa de descubrir—. Siéntate.

Bella no se movió.

—¿Dónde está mi lugar, papá? ¿A tu lado o ya me vendiste el asiento?

Javier soltó una risa educada. Dante no rio. Solo la miró. Fijamente. Como si ya estuviera midiendo cuánto espacio ocuparía su cuerpo en su cama.

Anselmo señaló la silla vacía frente a Javier.

—Tu lugar es ahí. Y tu futuro también.

Bella caminó despacio, tacones resonando contra el mármol. Se sentó sin mirar a Javier. Sus ojos se clavaron en Dante.

—¿Y él? —preguntó, inclinando la cabeza hacia el desconocido.

—Dante Rivas —respondió Anselmo—. Socio estratégico. Viene a supervisar que esta unión sea… pacífica.

Dante inclinó la cabeza apenas.

—Un placer, Isabella. He oído mucho de ti.

Su voz era suave, casi melódica. Pero había algo debajo. Algo que hacía que la piel de Bella se erizara.

—No lo dudo —replicó ella—. Mi padre siempre presume de sus posesiones.

Dante sonrió. Una sonrisa lenta, depredadora.

—No eres una posesión, Isabella. Eres una inversión. Y las inversiones se cuidan bien.

Bella sintió náuseas. No por las palabras. Por la forma en que las dijo. Como si ya hubiera decidido dónde pondría las manos sobre ella.

La cena transcurrió en un silencio tenso salpicado de conversaciones banales: precios del dólar, clima en Acapulco, rumores sobre un cargamento perdido en Veracruz. Bella apenas tocó la comida. Cada vez que Javier intentaba incluirla en la charla, ella respondía con monosílabos. Cada vez que Dante la miraba, ella sostenía la mirada hasta que él bajaba los ojos primero. No por miedo. Por desafío.

Cuando sirvieron el postre, Anselmo se aclaró la garganta.

—Mañana por la mañana anunciaremos el compromiso oficialmente. Habrá prensa. Fotógrafos. Un anillo que ya está en camino. Javier y tú posarán juntos. Sonreirán. Y el mundo sabrá que los Valverde y los Salazar son uno solo.

Bella dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Y si digo que no?

Anselmo la miró como si acabara de pedirle que le explicara el color del cielo.

—No estás pidiendo permiso, Isabella. Te lo estoy informando.

Javier extendió la mano sobre la mesa, como si quisiera tocar la de ella. Bella la retiró antes de que llegara.

Dante observó el gesto. Sus ojos se entrecerraron un milímetro.

—Tranquila —dijo en voz baja, solo para ella—. Nadie te obligará a nada que no quieras.

Bella giró la cabeza hacia él.

—¿Y tú qué sabes de lo que quiero?

Dante se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Sé que las jaulas de oro son cómodas. Hasta que se cierran.

Bella se levantó de golpe. La silla raspó el suelo.

—Con permiso —dijo, sin pedirlo realmente.

Salió del salón sin mirar atrás. Subió las escaleras hacia su antigua habitación en el segundo piso. Cerró la puerta. Apoyó la frente contra la madera. Respiró hondo.

Y entonces oyó pasos.

Lentos. Deliberados.

Se giró.

Luca Moretti estaba en el pasillo oscuro, apoyado contra la pared opuesta a su puerta. Traje negro, camisa abierta en el cuello, el moretón sutil en el labio inferior donde ella lo había mordido días antes. El hombro aún rígido, pero lo disimulaba bien.

Bella sacó el cuchillo de la bota en un movimiento fluido.

—¿Qué carajos haces aquí?

Luca no se movió.

—Vine a verte.

—¿A verme o a espiar? Porque ya tienes práctica en lo segundo.

Luca dio un paso adelante.

Bella levantó el cuchillo.

—No te acerques.

Él se detuvo. Pero sus ojos no se apartaron de los de ella.

—Soy un renegado, Isabella. Dejé a los Moretti hace meses. No trabajo para nadie ahora. Solo para mí.

Bella soltó una risa amarga.

—¿Y por eso pusiste cámaras en mi azotea? ¿Por eso robaste documentos de mi familia? ¿Por eso me besaste en un almacén como si fuera tuya?

Luca inclinó la cabeza.

—Te besé porque no podía no hacerlo. Y puse cámaras porque necesitaba saber si seguías viva. Porque desde esa noche en el hotel no he podido dormir sin verte empujándome contra una bala que no era para mí.

Bella dio un paso hacia él. El cuchillo seguía en alto.

—Mentiroso.

Luca extendió las manos, palmas abiertas.

—Golpéame si quieres. Pero escúchame primero.

Bella lo abofeteó.

El sonido resonó en el pasillo como un disparo.

Luca no se movió. Solo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo crudo en su mirada. Algo que no era ira. Era necesidad.

—El compromiso no va a suceder —dijo en voz baja—. No dejaré que te entreguen a Salazar. Ni a Rivas. Ni a nadie.

Bella lo empujó contra la pared. El cuchillo ahora contra su garganta.

—¿Y qué? ¿Vas a rescatarme como un caballero de m****a? ¿Crees que soy una damisela?

Luca la miró fijamente. Luego, despacio, bajó la cabeza hasta que sus labios rozaron la oreja de ella.

—No eres una damisela. Eres la mujer que me salvó sin querer. Y la que me va a destruir si no te tengo.

Bella tembló. No de miedo. De rabia. De deseo. De las dos cosas al mismo tiempo.

Bajó el cuchillo. Lo guardó en la bota.

Luca la tomó por la cintura. La pegó contra él. Sus bocas quedaron a un suspiro.

—No me mires así —susurró ella.

—¿Así cómo?

—Como si ya me hubieras ganado.

Luca sonrió contra sus labios.

—Aún no. Pero lo haré.

Y la besó.

Fue un beso violento, hambriento. Como si los dos hubieran estado conteniendo el aliento desde la última vez. Bella le clavó las uñas en la nuca. Él la levantó por los muslos y la pegó contra la pared. Sus lenguas se encontraron en una guerra que ninguno quería ganar. Solo querían seguir peleando.

Hasta que una voz cortó el aire como un cuchillo.

—¿Interrumpo?

Dante Rivas estaba al final del pasillo.

Luces del corredor principal a su espalda, silueta oscura, ojos verdes brillando con algo que no era sorpresa. Era certeza. Y peligro.

Bella se separó de Luca de golpe. Él la bajó al suelo, pero no la soltó del todo. Su mano seguía en la cintura de ella, posesiva.

Dante dio un paso adelante. Lento. Medido.

—Moretti —dijo, pronunciando el apellido como si fuera un insulto—. Debería haberlo imaginado.

Luca no se inmutó.

—Rivas. Qué sorpresa verte fuera de la mesa de los niños ricos.

Dante sonrió. Frío.

—Isabella, tu padre te busca. Y parece que tu… acompañante tiene asuntos pendientes en otro lugar.

Bella miró a Luca. Luego a Dante.

—No voy a ninguna parte —dijo.

Dante inclinó la cabeza.

—Claro que sí. Porque si no bajas ahora, alguien podría tener un accidente esta noche. Y no quiero que sea el italiano. Todavía no.

Sus ojos se clavaron en Luca. La amenaza flotaba en el aire, sutil pero letal.

Luca soltó a Bella despacio. Le rozó la mejilla con el pulgar.

—Esto no termina aquí —le susurró.

Luego miró a Dante.

—Cuídala bien, Rivas. Porque si le pasa algo…

No terminó la frase. No hacía falta.

Dante solo sonrió.

—Vete antes de que cambie de opinión.

Luca se dio la vuelta. Caminó hacia la escalera de servicio sin mirar atrás.

Bella se quedó en el pasillo, respirando agitada, con el sabor de Luca todavía en la boca y la mirada de Dante clavada en su espalda como una promesa de sangre.

Dante se acercó. Le ofreció el brazo.

—Vamos, Isabella. La jaula espera.

Bella no tomó su brazo.

Pero caminó a su lado.

Porque sabía que, por ahora, no tenía otra opción.

Y porque en el fondo, muy en el fondo, empezaba a disfrutar del juego.

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