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Pasión en las Sombras
Pasión en las Sombras
Por: Annery
La Bala Que No Era Para Él

La lluvia golpeaba los cristales tintados del Mercedes Maybach como si quisiera entrar a la fuerza. Dentro del auto, el silencio era más pesado que el agua que caía afuera. Bella observaba el perfil de su padre a través del retrovisor. Don Anselmo Valverde, sesenta y tres años bien llevados, mandíbula cuadrada, ojos que parecían haber olvidado cómo parpadear cuando estaba pensando en dinero o en sangre. Esa noche llevaba el segundo.

—¿Estás segura de que quieres venir? —preguntó sin mirarla, la voz baja, casi aburrida.

Bella se ajustó el vestido negro contra el asiento de cuero. El escote no era provocador, pero tampoco recatado. Lo suficiente para que los hombres la miraran dos segundos más de lo necesario y lo suficiente para que su padre fingiera no notarlo.

—No me lo pediste —respondió ella—. Vine porque no me dejaste opción.

Anselmo soltó una risa corta, sin humor.

—Eres Valverde. Las opciones son para los que piden permiso.

El auto redujo velocidad al entrar en el estacionamiento subterráneo del Hotel Imperial. Dos hombres de traje oscuro esperaban junto a la rampa, auriculares en la oreja, manos cerca de las sobaqueras. Uno de ellos abrió la puerta trasera con gesto mecánico.

Bella bajó primero. El aire olía a gasolina, humedad y perfume caro que alguien había derramado en el ascensor horas antes. Su padre la siguió, abotonándose el saco como si se preparara para un juicio en lugar de una cena de negocios.

Subieron en silencio al piso 14. La suite presidencial estaba reservada bajo un nombre falso, como siempre. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, dos hombres más esperaban en el pasillo. Uno era nuevo; Bella no lo reconoció. El otro, Ramiro, llevaba quince años lamiendo las botas de su padre. La miró de arriba abajo y sonrió con esa media sonrisa que siempre le provocaba ganas de borrarle de un golpe.

—Señorita Bella —dijo, inclinando apenas la cabeza.

Ella no respondió. Caminó delante de su padre, tacones resonando contra el mármol. Sabía que odiaba cuando hacía eso: caminar como si el lugar le perteneciera. Precisamente por eso lo hacía.

Dentro de la suite el ambiente era denso. Cigarrillos caros, whisky de malta, tensión que se podía cortar con navaja. Sentados en el sofá de piel blanca estaban tres hombres. El del centro era el que importaba: Luca Moretti.

Bella lo reconoció de inmediato, aunque nunca lo había visto en persona. Treinta y pocos años, traje azul medianoche hecho a medida, cabello negro peinado hacia atrás, una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda como si alguien hubiera intentado firmarle la cara con un cuchillo. Decían que era el único hijo varón que quedaba de la vieja familia Moretti de Napoli, el que había regresado de Estados Unidos para reclamar lo que le pertenecía por sangre y por plomo. Decían muchas cosas. La mayoría terminaba con alguien muerto.

Anselmo se detuvo en el umbral, evaluando la habitación como un general antes de una batalla.

—Luca —saludó, sin extender la mano.

—Don Anselmo —respondió el otro, voz calma, casi amable—. Gracias por aceptar la invitación.

—No era una invitación —replicó su padre—. Era una advertencia envuelta en mantel blanco.

Luca sonrió de lado. Sus ojos, sin embargo, no sonrieron. Se deslizaron hacia Bella y se detuvieron un segundo más de lo protocolario.

—Y esta debe ser la famosa Isabella Valverde —dijo, levantándose con lentitud felina—. Un placer.

Bella sostuvo la mirada. No bajó los ojos, no sonrió, no se sonrojó. Solo lo midió. Como si estuviera decidiendo si valía la pena recordarlo después de esa noche.

—El placer es discutible —respondió.

Alguien soltó una risa nerviosa en la esquina. Anselmo carraspeó.

—Hablemos claro, Moretti. Querías verme. Aquí estoy. Di lo que viniste a decir antes de que me aburra.

Luca señaló los sillones.

—Siéntense. El vino está respirando. Y la conversación… bueno, esa también necesita tiempo.

Bella se sentó en el brazo del sillón de su padre, no porque quisiera estar cerca de él, sino porque desde ahí podía ver toda la habitación: las puertas, las ventanas, las manos de todos los hombres presentes. Había aprendido eso a los catorce años, cuando su padre la llevó por primera vez a una “reunión familiar” y un primo lejano terminó con la cabeza sobre la mesa de caoba.

La conversación comenzó lenta, educada, venenosa. Territorios en la zona industrial, rutas de camiones que cruzaban la frontera, porcentajes que nadie quería ceder. Bella escuchaba a medias. Su atención estaba en los detalles: el modo en que Luca tamborileaba los dedos contra el cristal de whisky, la forma en que Ramiro no dejaba de mirar la puerta, el sudor sutil en la nuca del hombre nuevo.

Y entonces lo vio.

Un destello rojo en la ventana del edificio de enfrente.

Un láser.

Un punto rojo que bailaba sobre la camisa blanca de su padre, justo a la altura del corazón.

El tiempo se volvió miel espesa.

Bella no pensó. Simplemente actuó.

Se lanzó hacia adelante, empujando a Anselmo con todo el peso de su cuerpo. El sillón se volcó hacia atrás. Escuchó el grito ahogado de su padre, el cristal rompiéndose, los juramentos en italiano. Y luego el sonido inconfundible: un disparo silenciado. Vidrio estallando. El impacto contra carne.

Pero no fue su padre quien cayó.

Luca Moretti se llevó la mano al hombro izquierdo. La sangre empezó a manchar el azul oscuro del traje. Sus ojos, abiertos de par en par por la sorpresa, encontraron los de Bella en el suelo.

Por un segundo eterno, solo existieron ellos dos entre el caos.

Él la reconoció.

No sabía cómo, pero lo supo. Lo vio en la forma en que su mandíbula se tensó, en cómo sus pupilas se dilataron antes de estrecharse como las de un depredador que acaba de identificar a su presa.

Bella se levantó de un salto. Su padre ya estaba gritando órdenes, los hombres sacando armas, el nuevo corriendo hacia la ventana rota. Ella no esperó. Corrió hacia la puerta de servicio, tacones resbalando en la sangre que empezaba a extenderse por la alfombra.

Bajó escaleras de emergencia, corazón golpeándole las costillas. Dos pisos, tres, cuatro. El vestido se le rasgó en el muslo contra la barandilla. No se detuvo.

Cuando salió al estacionamiento subterráneo, el Maybach ya no estaba. Alguien se lo había llevado. O quizás habían huido sin ella. No le importó.

Se quitó los tacones y corrió descalza hacia la calle lateral. La lluvia seguía cayendo, fría, implacable. Se metió en un taxi que esperaba con las luces apagadas.

—Al sur. Rápido. No preguntes —dijo, voz temblorosa por primera vez en años.

El taxista la miró por el retrovisor. Vio la sangre en su vestido, el maquillaje corrido, el terror mal disimulado.

—Señorita… ¿está bien?

Bella cerró los ojos.

—No —susurró—. Pero voy a estarlo.

En la suite del piso 14, Luca Moretti se apoyaba contra la pared mientras uno de sus hombres le presionaba una servilleta contra el hombro. La bala había entrado y salido limpiamente. Dolorosa, pero no mortal. No esa noche.

Anselmo Valverde ya no estaba. Había desaparecido con sus hombres apenas sonó el segundo disparo. Cobarde o estratégico, daba igual. Se había ido.

Luca respiró hondo, ignorando el ardor. Su mirada seguía fija en el lugar donde Bella había estado segundos antes. Donde lo había empujado. Donde lo había salvado.

Y donde él la había visto.

Isabella Valverde.

La hija del hombre que llevaba años queriendo borrarlo del mapa.

La mujer que acababa de interponerse entre él y la muerte.

Luca cerró los ojos un instante. Cuando los abrió de nuevo, ya no había sorpresa. Solo certeza fría, absoluta.

—Encuéntrenla —dijo en voz baja, casi un susurro.

El hombre que le vendaba el hombro levantó la vista.

—¿Y cuando la encontremos, jefe?

Luca se apartó de la pared. La sangre seguía goteando, pero ya no le importaba.

—Díganle —respondió, con una calma que helaba la sangre— que Luca Moretti no olvida una cara.

Hizo una pausa. La lluvia golpeaba los cristales rotos.

—Y que esta noche… ella cometió un error.

Se limpió una gota de sangre de la comisura de los labios con el pulgar.

—Un error fatal.

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