Mundo ficciónIniciar sesiónBella tardó cuatro días en encontrar la primera pista.
No fue casualidad. Fue un descuido deliberado de alguien que quería que ella lo viera.
Estaba revisando el teléfono desechable que usaba para comunicarse con su contacto en el taller mecánico de la colonia Doctores —un lugar donde su padre guardaba autos que nunca salían a la calle— cuando encontró el mensaje. Un solo texto, sin remitente identificado:
“El italiano sabe dónde duermes. Cuidado con las sombras en la azotea.”
Bella borró el mensaje de inmediato, pero las palabras se le quedaron clavadas como astillas. Subió a la azotea esa misma noche, con una linterna pequeña y el cuchillo que siempre llevaba en la bota. Encontró la cámara. Pequeña, negra, adherida al borde de la chimenea con cinta industrial. Apuntaba directo a su ventana. La arrancó con furia, la aplastó contra el concreto y la pisoteó hasta que solo quedaron pedazos irreconocibles.
No era paranoia.
Era Luca.
Al día siguiente, decidió ir al almacén de la avenida Revolución. El lugar donde su padre guardaba mercancía que no figuraba en ningún inventario oficial: cajas de licor, paquetes envueltos en plástico negro, armas que cambiaban de manos sin factura. Bella sabía que allí había cámaras propias, pero también sabía que el guardia de turno —un tipo llamado Chucho— le debía un favor desde que ella le cubrió la espalda cuando su novia amenazó con contarle todo a Anselmo.
Chucho la dejó entrar sin preguntar.
El almacén olía a aceite, cartón húmedo y pólvora vieja. Bella caminó entre las estanterías altas, linterna en mano, buscando cualquier rastro. No tardó en encontrarlo.
Una caja de madera abierta. Dentro, documentos. Facturas falsas, mapas de rutas, nombres tachados con marcador negro. Y entre ellos, una foto.
Bella la sacó con dedos que temblaban de rabia.
Era ella. Saliendo del departamento de la Roma. Capucha puesta, jeans rotos, el mismo día que había escapado del bar. Alguien la había seguido. Alguien había tomado esa foto desde un ángulo que solo podía ser la azotea del edificio de enfrente.
Y en la esquina inferior derecha de la foto, escrito con tinta azul en letra pulcra: “Pronto.”
Bella sintió que el aire se le acababa.
Guardó la foto en el bolsillo trasero y salió del almacén sin despedirse de Chucho. Caminó tres cuadras antes de detener un taxi. Le dio una dirección que no era la suya: el taller de su medio hermano menor, Diego, en Iztapalapa. Diego era el único Valverde que no la odiaba del todo. Y tenía un rifle que Bella sabía usar.
Cuando llegó, Diego no estaba. Pero el rifle sí. Y también una nota en la mesa de trabajo:
“No vengas aquí. Papá sabe que estás viva. Y el italiano está preguntando por ti. No confíes en nadie.”
Bella se quedó mirando la nota un minuto entero. Luego tomó el rifle, lo envolvió en una chamarra vieja y salió.
No fue al departamento.
Fue directo al almacén de la avenida Revolución otra vez.
Esta vez no pidió permiso.
Entró por la puerta trasera que siempre dejaba entreabierta el guardia nocturno cuando fumaba. El lugar estaba vacío. O eso parecía. Caminó entre las sombras, rifle al hombro, hasta que oyó voces. Dos. Una grave, con acento italiano. La otra, nerviosa, mexicana.
Bella se pegó a una estantería y escuchó.
—…te dije que no tocaras nada más —decía la voz italiana. Luca. Inconfundible—. Solo vigilas. No robas.
—Jefe, era solo una caja. Nadie se iba a dar cuenta.
—Alguien se dio cuenta. Y ahora ella sabe.
Silencio. Luego el sonido inconfundible de un golpe seco. Un cuerpo cayendo contra metal.
Bella salió de su escondite con el rifle apuntando.
Luca estaba de espaldas a ella, inclinado sobre el hombre que acababa de golpear. El tipo estaba en el suelo, sangrando por la nariz. Luca se enderezó despacio, sin sorpresa. Como si la hubiera esperado.
—Isabella —dijo sin girarse del todo—. Llegas temprano.
Bella amartilló el rifle.
—Date la vuelta.
Luca lo hizo. Lento. Tranquilo. Las manos a los lados, sin intentar alcanzar nada.
Sus ojos se encontraron. Los de él no tenían miedo. Solo esa misma hambre de la noche del bar.
—¿Cuánto tiempo llevas vigilándome? —preguntó ella, voz baja pero afilada.
—Desde la noche que me salvaste —respondió él sin titubear—. No fue un error. Fue una oportunidad.
Bella dio un paso adelante.
—Eres un hijo de puta.
Luca sonrió apenas.
—Y tú sigues apuntándome con un arma que no vas a usar.
Bella apretó el gatillo. La bala pasó rozando su oreja izquierda y se incrustó en la pared detrás. Luca ni siquiera se inmutó.
—Esa fue la advertencia —dijo ella—. La próxima no fallará.
Luca dio un paso hacia ella.
Bella retrocedió instintivamente.
Él siguió avanzando. Ella siguió retrocediendo hasta que su espalda chocó contra una pila de cajas. No había más espacio.
Luca se detuvo a un metro. Lo suficiente para que ella pudiera disparar. Lo suficiente para que él pudiera alcanzarla si quería.
—No vine a matarte —dijo en voz baja.
—¿Entonces para qué viniste? ¿A joderme la vida un poco más?
Luca inclinó la cabeza.
—Vine porque no puedo dejar de pensar en ti desde que me empujaste contra esa bala. Y porque sé que tú tampoco puedes dejar de pensar en mí.
Bella soltó una risa amarga.
—Estás loco.
—Tal vez —convino él—. Pero no estoy equivocado.
Y entonces se movió.
Rápido. Demasiado rápido.
Le quitó el rifle de las manos con un movimiento fluido, lo arrojó a un lado y la empujó contra las cajas. Bella intentó golpearlo. Él le atrapó la muñeca. Intentó patearlo. Él le bloqueó la pierna con la suya. Terminaron pecho contra pecho, respirando agitados, mirándose como si se odiaran y se desearan al mismo tiempo.
Luca le sujetó ambas muñecas por encima de la cabeza con una sola mano. Con la otra le tomó la mandíbula, obligándola a mirarlo.
—No me tengas miedo —susurró.
—No te tengo miedo —escupió ella—. Te odio.
Luca bajó la cabeza hasta que sus labios quedaron a un suspiro de los de ella.
—Entonces odia esto.
Y la besó.
No fue tierno. No fue romántico. Fue un beso robado, furioso, desesperado. Como si los dos hubieran estado esperando ese momento desde la noche del hotel. Bella mordió su labio inferior hasta que sintió sangre. Luca gruñó contra su boca y profundizó el beso, castigándola y devorándola al mismo tiempo.
Bella forcejeó. Luego dejó de hacerlo.
Sus manos, liberadas, se enredaron en el cabello de él. Tiró. Lo acercó más. Luca la levantó por la cintura y la pegó contra las cajas con más fuerza. El beso se volvió salvaje, dientes y lengua y respiraciones entrecortadas.
Cuando se separaron, ambos jadeaban.
Luca apoyó la frente contra la de ella.
—No puedes huir de esto —murmuró.
Bella lo empujó con ambas manos. Él retrocedió un paso.
—Vete al infierno —dijo ella, voz ronca.
Luca se limpió la sangre del labio con el pulgar y sonrió.
—Ya estoy ahí. Y tú vienes conmigo.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida trasera sin mirar atrás.
Bella se quedó ahí, temblando, con el sabor de él todavía en la boca.
Media hora después, su teléfono vibró.
Número desconocido.
Un mensaje de voz.
Lo abrió con dedos fríos.
La voz de su padre. Anselmo Valverde. Calmada. Fría. Como siempre cuando daba órdenes irreversibles.
“Isabella. Regresa a casa. Mañana a las ocho en punto. Hay una cena. Y un anuncio importante.”
Pausa.
“He decidido que te cases. Con Javier Salazar. El hijo del viejo Salazar. Alianza necesaria. No hay discusión.”
El mensaje terminó.
Bella miró la pantalla un segundo eterno.
Luego dejó caer el teléfono.
El rifle seguía en el suelo.
Lo levantó.
Y por primera vez en días, sonrió.
Una sonrisa fría. Letal.
Porque si su padre quería jugar a casarla como si fuera una pieza en su tablero…
Ella iba a romper el tablero entero.







