El aire en el sótano de la mansión Cavallaro era denso, impregnado del olor a humedad y vino rancio de las barricas viejas. La única luz provenía de una bombilla desnuda que oscilaba sobre la cabeza de Enzo, atado a una silla de metal. El capitán, que alguna vez pavoneó su autoridad por los muelles de Manga, ahora era una masa de sudor y terror.
Alessandra caminaba en círculos alrededor de él, el tacón de sus botas marcando un ritmo fúnebre contra el suelo de piedra. Dante estaba en la penumb