Alessandra subió al loft con los pies ardiendo, pero el dolor físico no era nada comparado con el torbellino en su pecho. Encontró una de las camisas de Dante, una prenda de algodón negro que le quedaba como un vestido corto, y se quitó el satén rojo manchado de sangre de su padre. Al verse en el espejo del baño, apenas se reconoció: el maquillaje corrido, el cabello desordenado y una mirada que había perdido la inocencia en una sola noche.Cuando bajó, Dante estaba frente a una pared llena de monitores. El resplandor azul de las pantallas iluminaba las cicatrices de sus brazos.—No sabías nada, ¿verdad? —dijo él sin girarse, como si hubiera estado leyendo sus pensamientos.—Te lo dije, Dante. Mi padre me dijo que habías decidido irte, que habías aceptado un trato para manejar los negocios en Europa —respondió ella, sentándose en un taburete metálico, lejos de él—. Pasé meses esperando una carta, una llamada... algo.Dante soltó una carcajada amarga y caminó hacia un archivador b
Leer más