El regreso a la Quinta do Sangue fue una procesión de silencio. El aire de Oporto, habitualmente dulce por la uva madura, se sentía viciado. Alessandra cruzó el umbral de la biblioteca sin quitarse el abrigo, ignorando los saludos de los criados. En su mano, el chip que Dante le entregó en Ginebra ardía como un carbón encendido.
Elena estaba en su puesto de mando, rodeada de pantallas que parpadeaban con flujos de datos globales. Se giró al sentir la presencia de su hija, con una sonrisa que