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Capítulo 5: El Beso del Plomo y la Sal

​El parpadeo rítmico de la luz roja en el búnker de Dante transformó el lugar en una escena salida de una pesadilla. El silencio que había reinado tras la revelación de la traición de Franco Cavallaro se rompió por el siseo electrónico de las cámaras de seguridad. Alessandra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, no solo por la noticia de que su padre era un monstruo, sino porque el peligro real acababa de llamar a la puerta.

​Dante no perdió un segundo. Su transformación de hombre herido por el pasado a máquina de guerra fue instantánea. Se movió por el taller con una gracia letal, recogiendo cargadores de una mesa metálica y ajustándolos en su cinturón táctico.

​—¡Alessandra, muévete! —rugió, su voz resonando contra las paredes de concreto—. ¡Al suelo, detrás del blindaje de la mesa, ahora!

​Ella obedeció por instinto, arrastrándose mientras la camisa de Dante se enganchaba en sus muslos. El frío del metal contra su espalda fue un recordatorio brutal de que ya no estaba en una gala de seda y diamantes.

​—¿Cómo nos encontraron? —preguntó ella, con la voz entrecortada por la adrenalina—. Dijiste que este lugar era un búnker.

​Dante revisó la recámara de su rifle de asalto con un clic metálico que sonó como una sentencia. Sus ojos estaban fijos en el monitor principal, que mostraba tres camionetas negras deteniéndose frente al taller. Hombres armados con silenciadores descendían con precisión profesional.

​—Alguien instaló un rastreador en tu vestido, princesa —dijo Dante, su mirada cruzándose con la de ella por un segundo—. O tal vez en las joyas que tu padre te dio con tanto "amor". No importa ahora. La Triada Roja no viene a negociar. Vienen a terminar el trabajo que empezaron en el rascacielos.

​Un estallido ensordecedor sacudió el portón principal. No fue una explosión pequeña; usaron una carga de demolición térmica. El metal chirrió y voló hacia adentro, llenando el aire de chispas y humo denso. Alessandra se encogió, cubriéndose la cabeza con las manos, mientras los primeros disparos comenzaban a silbar sobre su cabeza.

​Dante devolvió el fuego. El sonido de su rifle era rítmico, controlado, cada ráfaga disparada con la intención de matar.

​—¡Dante! —gritó ella cuando vio a dos hombres flanquear la posición de él por la izquierda.

​Dante giró sobre sus talones, disparando desde la cadera. Los atacantes cayeron antes de que pudieran apretar el gatillo. Se deslizó hacia donde estaba Alessandra, cubriéndola con su propio cuerpo mientras las balas impactaban contra la mesa de metal, arrancando pedazos de pintura y astillas de acero.

​La cercanía era asfixiante. Alessandra podía sentir el calor que emanaba de la piel de Dante, el olor a pólvora quemada y el sudor. A pesar del caos, el contacto de su mano firme sobre su hombro la hizo reaccionar.

​—Escúchame bien —siseó él, su rostro a centímetros del de ella—. Hay un túnel de servicio debajo de la rejilla del fondo. Lleva directamente a los muelles. Tienes que irte ya. Yo los retendré aquí.

​—¡No te voy a dejar solo! —replicó ella, sorprendiéndose de su propia firmeza. La traición de su padre le había quitado el pasado, pero no iba a permitir que este ataque le quitara el futuro—. Me enseñaste a disparar cuando éramos adolescentes, Dante. Sé que no se te ha olvidado.

​Dante la miró con una mezcla de furia y una chispa de admiración que intentó ocultar rápidamente. Sacó una pistola compacta de su tobillera y se la entregó.

​—Solo tiene diez balas, Alessandra. No las desperdicies en sombras. Si alguien atraviesa ese humo y no soy yo, aprietas el gatillo hasta que dejen de moverse. ¿Entendido?

​Ella asintió, apretando la culata del arma con manos temblorosas pero decididas.

​El combate se intensificó. El taller se convirtió en un laberinto de sombras y ráfagas de luz. Dante se movía entre la maquinaria vieja como un fantasma, eliminando a los mercenarios con una eficiencia aterradora. Alessandra, desde su posición, divisó una silueta recortada contra el resplandor del fuego del portón.

El hombre apuntaba a la espalda de Dante.

​Sin pensar, ella se asomó, alineó la mira como recordaba de aquellas tardes prohibidas en el campo de tiro y disparó. El retroceso le dolió en la muñeca, pero el mercenario cayó.

​Dante se giró, vio el cuerpo y luego la miró a ella. Por un instante, el tiempo se detuvo. En medio de la muerte y la destrucción, hubo un reconocimiento mutuo. Ya no eran la heredera y el desterrado; eran dos sobrevivientes unidos por una deuda de sangre.

​Dante corrió hacia ella, tomándola por la cintura y arrastrándola hacia la parte trasera del taller mientras lanzaba una granada cegadora hacia la entrada. El estallido blanco les dio los segundos necesarios para llegar a la trampilla secreta.

​Se arrojaron al túnel oscuro justo antes de que el taller estallara por completo. La onda expansiva los empujó hacia adelante, haciéndolos rodar por el suelo de tierra y piedra del pasadizo subterráneo. El túnel era estrecho, húmedo y olía a salitre, señal de que los muelles estaban cerca.

​Se detuvieron jadeando, cubiertos de polvo y hollín. Alessandra estaba encima de Dante, sus pechos subiendo y bajando con violencia, su rostro a milímetros del de él. La adrenalina de la batalla, el miedo a morir y la verdad devastadora sobre sus familias colisionaron en ese espacio confinado.

​—Me salvaste la vida —susurró Dante, su voz ronca, sus manos rodeando la cintura de Alessandra por debajo de la camisa negra.

​—Tú me salvaste primero —respondió ella, sus ojos fijos en los de él, buscando al chico que amó y encontrando al hombre peligroso en el que se había convertido.

​El odio, el resentimiento de cinco años de exilio y la pasión prohibida estallaron. Dante no esperó más. La tomó por la nuca y la atrajo hacia él en un beso que sabía a hierro, a cenizas y a una necesidad desesperada. No fue un beso tierno; fue una colisión de dos almas rotas reclamándose en medio del caos. Alessandra respondió con la misma intensidad, enterrando sus dedos en el cabello de Dante, dejando que la oscuridad del túnel los envolviera mientras el mundo arriba seguía ardiendo.

​En ese momento, Alessandra lo supo. Su padre estaba muerto, su imperio estaba en ruinas, y el hombre que la besaba con la furia de un demonio era su único aliado... y su mayor castigo.

​Se separaron jadeando, el hilo de saliva y deseo uniéndolos en la penumbra. Dante la miró con una intensidad que la hizo temblar.

​—Si salimos de esta, Alessandra, ya no habrá vuelta atrás —advirtió él, su pulgar acariciando su labio inferior hinchado—. Serás una traidora para tu gente y una extraña para la mía. Estaremos solos contra el mundo.

​—Ya estoy sola, Dante —dijo ella, recuperando el arma del suelo—. Al menos ahora sé con quién estoy peleando.

​Dante asintió, se puso en pie y le tendió la mano.

​—Entonces vamos. Tenemos un imperio que recuperar y muchas gargantas que cortar antes del amanecer.

​Caminaron juntos por el túnel hacia la luz pálida de la luna que se filtraba al final, donde el río Hudson los esperaba.

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