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Capítulo 3: El Refugio de las Sombras

​El viento azotaba el vestido de Alessandra como una bandera roja de guerra mientras la motocicleta de Dante zigzagueaba entre el tráfico nocturno. Ella mantenía los ojos cerrados, aferrada a su cintura, sintiendo cada cambio de marcha en los músculos de él. No se detuvieron hasta que el brillo de los rascacielos fue reemplazado por la penumbra de la zona industrial, un lugar de almacenes oxidados y muelles solitarios.

​Dante frenó frente a un antiguo taller mecánico cuya fachada descascarada no prometía nada más que moho. Con un movimiento brusco, bajó de la moto y dejó que ella descendiera por su cuenta.

​Alessandra pisó el suelo de concreto frío con los pies descalzos y sucios. Sus piernas temblaban, pero se obligó a mantenerse firme.

​—¿Aquí es donde te escondes? —preguntó ella, mirando el portón de metal que Dante abría con un código electrónico.

​—Aquí es donde sobrevivo —corrigió él sin mirarla—. Pasa. Y no toques nada.

​El interior era un contraste absoluto. Aunque por fuera parecía una ruina, por dentro era un búnker de alta tecnología: pantallas de vigilancia monitoreando la ciudad, un arsenal de armas organizado con precisión militar y un loft minimalista en la parte superior.

​Dante se quitó la chaqueta de cuero, revelando una camiseta negra que se ajustaba a su torso atlético y unos brazos tatuados con símbolos que ella no reconocía. Se acercó a una mesa, dejó su arma y se sirvió un trago de whisky sin ofrecerle.

​—Tu padre cometió muchos errores, Alessandra —dijo Dante, su voz rompiendo el silencio del taller—. Pero dejar que te encontraran en esa gala fue el último.

​—¡Mi padre está muerto, Dante! —estalló ella, caminando hacia él. Sus ojos ardían de rabia y dolor—. No te atrevas a juzgarlo cuando tú fuiste quien apareció con una pistola en la mano. ¿Viniste a salvarme o a asegurarte de que no quedara nadie vivo para reclamar el apellido Cavallaro?

​Dante dejó el vaso con un golpe seco sobre la mesa y se giró hacia ella con una rapidez que le robó el aliento. En dos pasos, acortó la distancia, arrinconándola contra la mesa de metal. Estaba tan cerca que Alessandra podía oler el whisky y el peligro que emanaba de él.

​—Vine por lo que es mío —siseó él, inclinándose hasta que sus labios estuvieron a milímetros de su oído—. Vine porque tu padre me robó cinco años de vida. Me mandó a un agujero en el extranjero para que me pudriera mientras tú seguías siendo la "princesa perfecta".

​Alessandra sintió un escalofrío que no era de miedo. La cercanía de Dante encendía recuerdos que ella había intentado enterrar bajo llave.

​—Yo no sabía nada de eso... —susurró ella, su voz perdiendo fuerza.

​—Mentira —la interrumpió él, fijando sus ojos oscuros en los labios de ella—. Sabías que me iba, y no hiciste nada por evitarlo.

​Dante levantó una mano y, con una lentitud tortuosa, recorrió con el dorso de sus dedos la mejilla de Alessandra, bajando por su cuello hasta tocar el borde del vestido desgarrado. Alessandra contuvo el aliento, su corazón golpeando con violencia contra sus costillas. Por un segundo, el odio pareció transformarse en algo mucho más oscuro y hambriento.

​—Mírame, Alessandra —ordenó él con voz ronca.

​Ella lo hizo. Y en ese cruce de miradas, se dio cuenta de que el Dante que ella amaba había muerto hace cinco años. El hombre frente a ella era un extraño letal que la deseaba y la odiaba a partes iguales.

​Dante rompió el contacto bruscamente, como si quemara.

​—Hay un botiquín en el baño de arriba. Límpiate esos pies y cámbiate de ropa. No puedo tener a una heredera sangrando en mi suelo —dijo, dándole la espalda para volver a su whisky—. Mañana, el mundo entero sabrá que los Cavallaro han caído. Mañana, serás mi única moneda de cambio para recuperar la ciudad.

​Alessandra lo miró alejarse, sintiendo que el "pacto de sangre" apenas estaba comenzando. Ella no era solo una moneda de cambio; era la clave, y si Dante creía que podía controlarla tan fácilmente, estaba muy equivocado.

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