La mañana en la mansión Cavallaro no trajo paz, sino una disciplina que Alessandra nunca había conocido. El jardín trasero, antes lleno de rosales perfectamente podados, se había convertido en un campo de entrenamiento improvisado bajo la dirección de Dante. El sol de Cartagena ya empezaba a castigar la piel, y el sudor corría por la espalda de Alessandra mientras intentaba mantener los brazos firmes.
—No apuntes con el ojo, apunta con el alma, Alessandra —la voz de Dante era un látigo de aut