El antiguo palacete en las afueras de la ciudad, una reliquia de la época colonial con muros de piedra coralina y techos altos, era el lugar donde el destino de la mafia se decidiría esa noche. Carros blindados de alta gama flanqueaban la entrada, y hombres con ametralladoras ligeras patrullaban los jardines con una eficiencia que gritaba guerra inminente.
Alessandra caminaba por el pasillo principal, el eco de sus botas resonando contra el mármol pulido. Ya no vestía seda ni encaje; llevaba