El avión ya había alcanzado altura de crucero cuando Alma sacó el teléfono, bajó el volumen de los altavoces y grabó un mensaje breve.
—Edward, ya estoy en vuelo. No hubo problemas mayores, nos vemos pronto.
La respuesta llegó a los minutos, una nota de voz cargada de ese tono suyo, mitad socarrón, mitad confiado.
—Señorita Rossi, aquí todo está listo. Apenas aterrices en Caracas, sube al primer vuelo a Mérida. Te esperaré en el aeropuerto, yo mismo, con las llaves en la mano, la finca es tuya,