La camioneta avanzó por la carretera serpenteante hasta que la ciudad colonial de Mérida empezó a quedar atrás. Alma apenas alcanzó a ver sus casas bajas de techos rojos, los balcones de hierro forjado, las iglesias con campanarios antiguos y una plaza que parecía detenida en otro siglo.
Todo fue un destello, porque en cuestión de minutos Rafael, el chofer, tomó la vía hacia El Valle, y la urbanidad quedó atrás como un recuerdo.
El camino se fue transformando en un túnel verde. Altos pinos y eu