La noche del regaño del médico no tuvo horas, tuvo bordes.
Alma se quedó en la cama mirando el techo como si fuera una losa de hielo agrietándose, y cada crujido era un recuerdo.
Valentín en prisión, Ulrich con una sábana, la viuda en un hotel con nombre de pájaro, Valentín diciendo “haz algo” con la voz de alguien que no debe pedir.
A cada giro, el bebé pateaba como si quisiera corregirle el rumbo.
A las cinco, cuando la ciudad todavía respiraba por la boca, tomó una decisión que le cortó algo