Pasaron tres días más, a medio gas.
Isabela iba y venía con informes y miradas calculadas, como un metrónomo extraño que marcaba compases de tragedia y oportunidad.
Michelangelo y Mateo rotaban guardias como si cambiaran turnos en un hospital.
Afuera, la ciudad parecía normal; adentro, el aire estaba lleno de pasadizos.
La tarde del cuarto día, Alma anotó una lista en un papel y llamó a Cipriano.
—Ve a la farmacia —pidió—. Lo de la lista, y no te distraigas.
Cipriano no preguntó.
Tomó el papel