—Te entiendo —dijo al fin—. Y mientras hablaba, llevó una mano al vientre de Alma, acariciándolo con cuidado, como sellando con ese gesto la promesa de quedarse y pelear también por la vida que crecía allí. —Te juro que te entiendo. Y por eso mismo, no voy a dejar que una decisión acelerada nos ponga en una trampa peor. Dame cuarenta y ocho horas. —Le tomó las manos—. Cuarenta y ocho. Reorganizo, cierro frentes, invento salidas. Si después de eso sigues pensando en Mérida, armamos una ruta y no