La ciudad amaneció con un gris que no era de nubes sino de luto.
La casa parecía más grande sin la risa de Margot; el silencio dejaba esquinas frías donde antes había consejo, sopas calientes, y esas miradas que disolvían tormentas.
Alma no habló en todo el desayuno.
No probó el café.
Apenas sostenía la taza como si contuviera lo último que le quedaba en pie.
—Val, no puedo —susurró por fin—. No… no me pidan que sea fuerte hoy.
Valentín se acercó con cuidado, como si cada paso pudiera quebrar a