La humedad se aferraba a las paredes de concreto como si intentara penetrar los huesos.
La bodega, escondida entre la zona de los manglares y los contenedores abandonados del viejo puerto, era una mezcla de sombras, olor a sal y combustible, metal oxidado y ruidos amortiguados por el eco del agua lejana. Dentro, las luces tenues de neón proyectaban reflejos inquietantes sobre los rostros tensos de quienes estaban presentes.
Andrea cruzaba los brazos junto a la mesa de radio, atento. A su alrede