—¡Quiero las orquídeas blancas justo allí! —dijo Alma con una frialdad imponente, señalando el centro de la gran mesa en la terraza.
En su interior, sin embargo, una marea silenciosa le revolvía el estómago.
Sabía que todo estaba impecable, que nada podía fallar.
Pero también sabía que esa noche no era solo una celebración, era un campo minado de alianzas, celos, traiciones y memorias que aún dolían.
Mientras observaba a los empleados moverse como peones entre luces y flores, Alma apretó la cop