—Bien —sonrió Abril—. Segundo, señales. Hambre, busca con la boca, se lleva la mano, se inquieta. Lleno, aparta la cara, suelta, se queda blandito. Sueño, bosteza, mira perdido, se frota los ojos. No es una máquina; es un poema que hay que leer cada día distinto. —Miró a Valentín—. Y tú puedes ayudar mucho sosteniendo piel con piel, cambiando pañales, haciendo eructar, cantando. Las voces de los padres regulan corazones.
—Cantar, sí —dijo él, y Alma le apretó la rodilla, cómplice del recuerdo d