La noche era espesa como alquitrán, y la lluvia que caía en ráfagas constantes repiqueteaba contra el parabrisas como uñas rascando una lápida.
El hedor a traición impregnaba el aire, pero dentro del Toyota negro el ambiente no era menos asfixiante, el vaho empañaba los vidrios, el leve olor a cuero húmedo y tabaco sin encender flotaba suspendido, y cada respiración parecía pesar más que la anterior.
Enzo conducía con una calma tensa, sus nudillos blancos sobre el volante, mientras Luca, en el