La luz tenue de una lámpara halógena iluminaba el rostro de Alma Rossi.
Tenía la piel pálida, cubierta por gotas secas de sudor, y el cabello pegado a la frente por la humedad de la fiebre.
Cada respiración era lenta, medida, como si intentara controlar el dolor con disciplina.
Sentía un ardor sordo en el costado y una pesadez en las piernas, pero no se quejaba.
Estaba herida, sí, pero no rota.
Había aprendido que, en su mundo, mostrar debilidad era una invitación a la muerte.
Recostada en un d