NO VOY A PERDERLOS.
La mansión Rossi se alzaba silenciosa cuando el Cadillac CT4 negro cruzó la reja automática, cuando el reloj del tablero marcaba las ocho y quince.
Alma bajó del auto con el pulso desbocado, como si cada latido estuviera intentando escapar de su pecho, como si su cuerpo supiera que estaba a punto de atravesar una línea sin retorno.
Margot se quedó en el asiento del conductor, observándola con una mezcla de respeto, contención y un temor silencioso.
—¿Necesitas que me quede? —preguntó mirándola