La tarde ardía sobre Coral Gables mientras el zumbido obstinado de las cigarras y el pitido casi imperceptible de un sensor de movimiento vibraban en los jardines. El sol doraba las columnas jónicas de la Mansión Rossi hasta que parecían fundirse en oro líquido.
Un halcón sobrevolaba el tejado augurio de algo que aún no tenía nombre y, dentro, el silencio expectante se quebró cuando Alma empujó las puertas del salón principal. Con un solo giro de muñeca, las hojas de roble se abrieron como comp