El sol andino se filtraba como pan recién horneado entre las nubes cuando Alma y Margot llegaron a la estación del teleférico.
El aire era limpio y frío, una caricia con filo que despertaba la piel.
En la plaza, vendedores de guantes de lana, tazas de barro y chocolate espeso ofrecían calor en vasitos de papel; el murmullo de la gente subía y bajaba como una marea pequeña.
Alma, envuelta en un abrigo color crema, sintió esa clase de curiosidad que no necesita permiso. Se tocó el vientre con la