Casi un mes después, el frío de Mérida empezaba a habitarle los huesos como un inquilino silencioso.
La mujer que empujó la puerta de vidrio con el letrero Lucia Bellini no era la que había huido de Miami con la piel encendida de sirenas, llevaba el cabello rubio y largo, un vestido de lana crema, abrigo de paño azul y botas que sonaban seco contra el piso.
La barriga de cinco meses dibujaba su propia soberanía bajo la tela.
En el mostrador, entre barras de labios de tonos tierra y perfume de gardenia, descansaba su cédula nueva, Lucia Bellini, ciudadana italiana. El pasaporte, del mismo nombre, dormía en la cartera como un talismán recién bautizado.
—Señora Lucia, llegó la caja con los iluminadores —avisó Diana, la dependienta, con esa cadencia musical de la sierra—. Y la señora de la esquina vino a preguntar si todavía hay cupo para el taller de piel sensible.
Lucia sonrió, un gesto pequeño, ensayado; se ajustó la manga del abrigo.
—Dile que sí. Y pon los iluminadores junto a las cr