—Explícate —ordenó Alma, y empujó el frío del cañón contra la clavícula ajena. La piel reaccionó con un escalofrío involuntario, como si supiera que ahí podía terminar todo.
—Tienes treinta segundos… —su voz se convirtió en metrónomo de plomo— antes de que mi paciencia expire.
Los ojos de Isabela empezaron a empañarse, el miedo asomando como niebla.
—Ellos… me ofrecieron protección —balbuceó—. Si entrego a Gustavo, me sacan del mapa. Nueva identidad… No hablé de ti, lo juro por mi madre.
—Las m