El portón eléctrico de la casa de Coconut Grove se abrió con un rugido contenido.
Del otro lado, la mansión emergió entre ceibas y buganvillas como un secreto bien guardado, fachada de piedra coralina, ventanales ahumados, pasillos exteriores que olían a limón y sal.
Seis hombres repartidos en puntos de vigilancia dos en la garita, uno en el techo con binoculares térmicos, otros tres recorriendo el perímetro formaban un collar de ojos alrededor del jardín.
Cámaras giratorias, sensores en el cés