Desde la ventanilla oval, Alma Rossi repasó su territorio, las grúas del puerto parecían horcas medievales, los contenedores lucían grafitis como cicatrices y las chimeneas derramaban humo que teñía el horizonte de un naranja sucio. Apretó la mandíbula; aquel paisaje era su reino y su condena. En la cabina, el piloto anunció con voz neutra la aproximación; Alma apenas asintió, sin apartar la vista del tablero quebrado de luces al fondo, como si en él pudiera leer su destino.
La escalerilla cruj