El espejo reflejaba a una mujer que no terminaba de reconocerse, y, sin embargo, por primera vez, se sentía completa.
Alma alzó una ceja con sutil arrogancia mientras colocaba los pendientes de diamante blanco sobre sus orejas.
Su vestido era ceñido, negro, de corte recto y espalda descubierta, elegante pero sobrio, con una abertura lateral que dejaba ver solo lo justo.
Se recogió el cabello hacia un lado y se ajustó unas gafas oscuras, a pesar de que la noche ya había caído sobre Miami.
No era