El ascensor descendió hasta donde el aire parecía más denso, más frío, más ajeno a la vida cotidiana.
Era un silencio distinto, uno que no se interrumpía ni con respiraciones ni murmullos. un silencio que anunciaba secretos.
El ascensor se detuvo en el segundo nivel subterráneo del Hotel Rossi, una zona que ni siquiera la mayoría del personal conocía.
Las luces eran brillantes, perfectamente calibradas para resaltar cada rincón del lugar. A lo largo del pasillo, esculturas de marfil y columnas