—¿Qué carajo hacen aquí?
La voz de Alma retumbó desde el jardín, cortando la mañana como una navaja bien afilada. Su bata de seda roja ondeaba al viento como una bandera de guerra, y sus pies descalzos pisaban el césped mojado sin miedo, como si la furia le templara los huesos. El cabello largo, suelto, aún húmedo, le caía por la espalda mientras sus ojos escaneaban al grupo que acababa de entrar al terreno como si fueran ratas invadiendo su templo. Dos abogados vestidos de traje, un asistente