Margot la encontró en la penumbra del salón, sentada en el borde del sofá con las manos abiertas sobre las rodillas. Llevaba el rostro de quien ha entendido algo y no sabe si decirlo.
—Quieren acorralarme con tus enemigos de siempre y con los enemigos nuevos —dijo Alma, sin drama—. Quieren que el Estado sea el socio de los que me odian, que la prensa sea el altavoz, que la calle sea el coro. No quieren solo mi caída. Me quieren como ejemplo para los demás criminales.
—¿Y tú qué quieres? —pregun