—¿Sí? —dijo, con la voz más firme de lo que sentía.
—Madame Rossi —la voz de Dorian Valois, su contacto de Nassau, sonaba como un viejo amigo—. Esta llamada no existe. La DEA está en la isla. A mí no me han visto, pero tocaron puertas, me fui, me voy al sur por un tiempo. La ruta se muere por ahora, no hay quién la sostenga, lo siento.
Lo siento, pensó Alma, y una risa seca le subió a la boca sin llegar a salir.
Lo siento.
Lo siento.
Todos lo sentían.
Nadie cambiaba nada.
—Vete lejos —dijo—. Y