La visita se hizo en una sala que olía a cloro y acero. Cipriano se sentó frente al vidrio sin tocarlo, cruzó las manos y sonrió como un primo que viene del mismo pueblo.
—Luca —dijo, como si masticara el nombre con pan—. ¿Te acuerdas del horno de la Nonna?
—¿El que no apagaba nadie? —Luca mostró los dientes, faltaban dos—. Si lo apagas, el pan se muere.
—El pan de hoy lo cuece otro —continuó Cipriano—. Pero hay sal que quema la lengua. Y hay cuchillos que no hacen ruido.
Los ojos de Luca se ac