La casa de Coconut Grove parecía haber bajado el volumen.
El canal, detrás de las ventanas, respiraba en oleadas cortas; la madera del muelle crujía con esa paciencia que tienen los viejos amigos.
Adentro, todo olía a yodo, a suero seco en la piel, a leche tibia y a una sopa que alguien había dejado olvidada en la cocina. La noche había puesto un mantel oscuro sobre la mesa del mundo, y, por una vez, nadie discutía con ella.
Alma se acomodó el camisón con un gesto lento, cuidando la línea de la