El mismo ecógrafo mostró órganos intactos. El cirujano trabajó con la lengua entre los dientes, sacó el proyectil con una pinza que cantó metal, suturó con puntos que conocían el camino.
—No te vas a morir —dijo en voz baja, sin saber si le hablaba a la paciente o a su propio pulso—. No hoy, todo parece estar bien.
—Listo —anunció cinco minutos después, que parecieron una temporada—. Antibiótico, analgésico, y mucha observación. —Le tapó el costado con cuidado de no tocarle la herida.
Volvieron