La mañana amaneció tibia sobre los cayos, donde el yate permanecía anclado cerca de una isla solitaria.
La brisa marina se colaba con suavidad por las cortinas blancas del camarote principal, acariciando el ambiente con aroma a sal y sol.
Alma yacía envuelta en sábanas de lino, dormida aún.
Valentín, ya despierto, la observaba en silencio.
Su respiración tranquila, el cabello alborotado sobre la almohada, el brazo estirado hacia él como si, incluso dormida, buscara no soltarlo jamás.
Sonrió.
Ha