El sol de la mañana bañaba el rostro de Alma cuando, con una media sonrisa y la mirada perdida en el ventanal de su habitación, murmuró.
—Quiero salir al mar… —dijo con un suspiro, como si el océano pudiera lavar todo el peso que llevaba dentro, como si esas aguas infinitas pudieran regalarle un instante de libertad.
Para Alma, el mar no era solo un paisaje, era escape, refugio y deseo de una vida menos manchada.
Valentín, recostado en la cama con el torso desnudo y una taza de café en la mano,