Dos semanas después, el calendario ya no parecía un orden sino una broma cruel.
Alma se veía el vientre en el espejo con una mezcla de vértigo y ternura, había dejado de ser un secreto.
La blusa ya no disimulaba; ese arco nuevo en su cuerpo la exponía como una bandera en medio de una plaza donde todo el mundo disparaba.
Dormía a ratos, comía a ratos, respiraba a ratos. Lo único constante era la ausencia de Valentín, que le vaciaba las habitaciones.
Esa mañana, el teléfono vibró con el nombre qu