Mundo de ficçãoIniciar sessãoUn poderoso CEO se enamora de la mujer equivocada. Sin importar cuántas veces le baje la luna, ella estará perdidamente enamorada de otro hombre. El triángulo amoroso llevará al poderoso CEO al borde de la locura, la ruina, e incluso a ser el principal sospechoso en la desaparición repentina de su desleal esposa.
Ler maisEl silencio que siguió al infierno dentro de la bóveda fue más aterrador que los propios gritos.Cuando los alaridos de agonía de Braulio, Noyola y Valesco finalmente cesaron, un chasquido mecánico activó los aspersores del techo. Una lluvia fina y helada comenzó a caer, extinguiendo las llamas residuales y lavando el hollín de las paredes metálicas, permitiendo que los restos carbonizados de los tres hombres fueran perfectamente reconocibles entre el vapor que subía del suelo.El Oráculo no quería cenizas anónimas, quería que el nuevo Comisionado contemplara el peso de su justicia.Una vez que el agua se detuvo y los cuerpos quedaron inertes y empapados, la pesada puerta de la bóveda se deslizó con un zumbido hidráulico. Una figura envuelta en sombras entró al recinto. Con una calma casi ritual, se acercó a una pequeña mesa de metal que permanecía intacta en un rincón. Allí, el Oráculo comenzó a desplegar el pasado, recortes de periódicos amarillentos sobre la desaparición del capata
La ciudad parecía haber exhalado un suspiro de alivio teñido de amnesia colectiva. Con la muerte de Lidia Patterson, el expediente del "Oráculo" se cubrió de polvo en los archivos del precinto.Braulio Patterson movió sus hilos con la precisión de un titán, dejando que el mundo creyera que la oveja negra de la familia era la única responsable de la carnicería.Brad seguía siendo la sombra obediente de su padre, y de Ramírez no quedaba ni el recuerdo, su paradero se había hundido en el silencio eterno, enterrado simbólicamente junto al secreto de Lidia.Albert Lhara se había esfumado. Tras el funeral de Helena, se encerró en su luto y su odio, preparando el golpe que le prometió al juez Noyola.Mientras tanto, Jack se paseaba por la ciudad con una arrogancia renovada, exhibiendo a Venus en cada evento social como el trofeo máximo de su victoria genética y económica.El día de la "Boda del Siglo" finalmente llegó.La Catedral de la ciudad estaba blindada. Desde el Juez Noyola hasta la p
La limusina negra de los Patterson se detuvo frente a la mansión, cortando el despliegue de luces azules y rojas que aún bañaban la fachada. Jack bajó primero, ajustándose el saco con una frialdad inhumana, como si el asedio policial fuera apenas un inconveniente logístico. Ayudó a bajar a Venus, cuya mirada vacía se transformó en puro horror al ver a los forenses sacando una camilla cubierta.Cuando escucharon los susurros de los oficiales mencionando el nombre de Lidia, el mundo se detuvo para ella. — ¿Lidia? No... ella no — sollozó Venus, cayendo de rodillas sobre la grava húmeda.En ese nido de víboras, Lidia había sido el único rastro de humanidad, la única que le había dedicado una palabra amable sin segundas intenciones. Jack, sin embargo, permaneció rígido como una estatua de mármol, mirando el cadáver de la esposa de su tío con una indiferencia que rozaba lo sociópata. Solo le puso una mano pesada en el hombro a Venus, no para consolarla, sino para obligarla a levantarse. —
El eco de las botas del guardia se alejó por el pasillo de las celdas, dejando a Albert Lhara frente a la pequeña ventanilla de la sala de visitas. Al otro lado del cristal reforzado, la figura de Héctor Noyola se materializó como un espectro del pasado.El juez vestía un traje de paño fino que no lograba ocultar su avanzada edad, pero sus ojos, hundidos y calculadores, conservaban el brillo rapaz de quien ha vendido su alma mil veces al mejor postor.Albert tomó el auricular con las manos temblorosas, pero su mirada era puro fuego. — Viniste — dijo Albert, con voz ronca — Pensé que después de nuestra "charla" de anoche, preferirías verme pudrirme aquí.El juez Noyola soltó una risa seca, que sonó como hojas secas crujiendo bajo los pies. — El silencio es mi mejor herramienta, Albert. Anoche me tuviste contra la pared en mi propia biblioteca, extorsionándome con esos documentos de El Dorado. Por tu culpa no llegaste a esa cena con tu prometida, porque estabas demasiado ocupado recor
Último capítulo