Dos días después, la ciudad amaneció con traje oscuro.
El cielo sobre el cementerio estaba tan claro que lastimaba; el sol rebotaba en las lápidas como si también quisiera mirar.
Un murmullo de rezos, pasos sobre grava, el zumbido lejano de la bahía.
El velorio de Andreas parecía contener a toda su historia en un rectángulo de pasto, coronas blancas, un retrato suyo con la corbata mal anudada como siempre y un grupo de hombres que no sabían dónde poner las manos porque se les había muerto el ti