La mansión Rossi, aquella fortaleza de mármol y vidrio que se alzaba entre las zonas húmedas de Miami, había perdido su brillo. Las luces estaban tenues, las cortinas permanecían corridas y el perfume floral de la entrada había sido sustituido por el aroma persistente de vino tinto y cigarrillos consumidos hasta el filtro.
Alma, envuelta en una bata de seda negra, caminaba descalza por los pisos fríos.
Su cabello recogido a medias dejaba escapar mechones rebeldes y oscuros.
En su mano tembloros