Semanas después, casi tres desde la última llamada con Valentín los días en Mérida dejaron de ser refugio y se volvieron una madeja tirante de horas.
El reloj del comedor parecía caminar con piedras en los bolsillos; la tetera silbaba más grave; hasta el aire de la montaña, tan limpio, raspaba en la garganta como si viniera de un sitio donde las cosas importantes se deciden lejos de la luz.
Alma contaba el tiempo en pequeñas liturgias, doblar y desdoblar la misma camisa, repasar la firma Lucia