Salieron con una ecografía impresa y un pendrive con el latido.
En el pasillo, la vida seguía con la indiferencia de un reloj, una mujer embarazada con su mamá acariciándole la espalda para espantar los miedos, dos niños peleándose por una galleta como si ahí se jugara la paz de un reino, un hombre mirando el piso como si en las baldosas hubiera instrucciones para seguir vivo.
Lucia guardó el papel con dedos que no temblaban decididos, casi ceremoniales, como quien guarda una bandera después de la batalla. Margot la miró de reojo, atenta a ese gesto milimétrico que delataba más que cualquier palabra.
—¿Qué te pasa? —preguntó, sabiendo, ofreciéndole una esquina de sombra para ponerse a salvo.
—Que, si este niño nace aquí, nadie sabrá quién fui —dijo Lucia, bajito, sin mirar a nadie, hablando más con el aire que con Margot—. Y quizá eso sea lo mejor.
—¿Para quién? —preguntó Margot, con esa mezcla imposible de ternura y filo que la volvía necesaria.
—Para él —respondió―, y para mí, quiso