La travesía fue larga, casi interminable.
Los días se midieron en el vaivén de las olas y en el zumbido persistente del motor, en pequeñas tareas inventadas para mantener la mente ocupada, contar respiraciones, enumerar colores invisibles, recordar calles del pasado. Margot le acomodaba una manta en las noches, le pasaba agua cuando el mareo le subía hasta los ojos.
—¿Ya pensaste nombres? —preguntó una tarde, cuando el mar estaba plano como una sábana tensa.
—A veces sí, a veces no —respondió A