La música descendía como un susurro de terciopelo por las paredes del Hotel Rossi, cuyas columnas de mármol y lámparas de cristal colgante exudaban una elegancia antigua y peligrosa.
Hombres de traje oscuro, con auriculares discretos y miradas como cuchillas, custodiaban cada entrada.
En las esquinas, figuras conocidas del bajo mundo conversaban con sonrisas que ocultaban amenazas.
Aquella no era solo una fiesta, era un recordatorio silencioso de quién dominaba la ciudad desde las sombras.
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