El aviso llegó como un latigazo por la radio de la patrulla.
Afuera de la clínica, el neón vibraba con una luz cansada.
Un paramédico, lengua torpe por el miedo y la cafeína, había dicho la palabra que nadie quería oír, “disparo”.
Eso bastó para que el protocolo llamara a los lobos.
Valentín lo vio desde la camioneta, con el asiento aún caliente por la espera, la patrulla dobló la esquina con las luces apagadas, la carrocería iba tragándose la calle como un animal en hunting. Bajó la mirada a s