Raina apretó los dientes, sintiendo cómo se le empezaba a nublar todo. El mundo le daba vueltas.
—Necesito... un cuarto... tengo que acostarme... —alcanzó a decir.
—Por aquí, señorita —respondió el mesero sin perder un segundo, y la agarró del brazo de inmediato.
El tipo se la llevó fuera del salón, pero en lugar de ir a las habitaciones normales, la metió directo al ascensor.
Raina se dio cuenta, con el corazón en la garganta, que el hombre marcaba el último piso y no el área de huéspedes.